Las Tres Bravas (José Ramón Ortega Catalá. Acrílico sobre madera. 2016)

Las Tres Bravas (José Ramón Ortega Catalá. Acrílico sobre madera. 2016)

Hace unas semana recibíamos un regalo inesperado y magnífico, un cuadro pintado ex profeso para Docamar por un vecino y antiguo cliente de la casa: José Ramón Ortega Catalá. Siendo un jovencísimo pintor de 16 años salió en la tele, tuvo su gran momento gloria, consiguió vender su primer cuadro, e invirtió el dinerillo que sacó  en invitar a su familia a unas bravas en Docamar. De aquella merienda han pasado los años, casi tantos que podemos hablar de pintor madurito camino de los cincuenta, y como recuerdo de aquel momento brillante en su vida nos ha querido obsequiar con un cuadro titulado Las tres bravas, que ya se puede ver colgado, junto a las viejas fotos y recuerdos de nuestra historia, en la zona de mesas de nuestro salón. Para nosotros ha sido un gran honor recibirlo y, bien pensado, un regalazo.

 

 

Las Tres Bravas. Acrílico sobre madera. José Ramón Ortega Catalá. 2016.

La nocturna oscuridad consigue transmitirme una extraña fusión entre serenidad y coraje. Desaparecen las personas y no soy capaz de percibir los objetos que me rodean.

–Ahora. Es el momento-le indico a mi padre que vigila con atención las enlutadas inmediaciones de la plaza de Quintana.

-Espera un momento. Actúa con disimulo, se acerca una pareja. Pero pasaron de largo a toda prisa. Reían con malicia mientras trataban de ocultar lo que parecía un humeante porro de hachís.

No éramos los únicos en cruzar la noche como puerta de salida a las normas establecidas. Sumidos en las sombras, perdíamos la identidad y el miedo. Los posibles testigos o delatores eran presos del letargo y dormían encadenados por sus propias sábanas.

Acostumbro a pintar en mi estudio de la calle Lago Constanza pero hoy vengo preparado para decorar con entusiasmo los gélidos bancos de piedra de esta plaza. Considero que el arte debe salir del elitista reducto que son los museos o las galerías de arte. El arte pertenece al pueblo y a sus gentes. Obreros, vagabundos, escolares, transportistas…Cuando amanezca, transitaréis por una plaza desconocida. Reconoceréis sus habituales comercios, saludaréis a los vecinos de siempre…Pero algo habrá cambiado en el diminuto rincón que ocupáis en esta ciudad.

Limpio con minuciosidad los pinceles en la fuente mientras mi padre recoge los botes de pintura en silencio. Nos sentimos satisfechos del trabajo realizado. Mañana podremos cotejar, en primera persona, los poderosos efectos del arte sobre la rutina de los habitantes.

Acabo de cumplir 15 años. Me he criado en este barrio. Aprendí a dibujar antes que a caminar y convertí un humilde pincel en el apéndice inseparable de mi mano. La realidad se convirtió, desde entonces, en los trazos sobre un lienzo en continua metamorfosis. La televisión se hizo eco y recogió mi temprana capacidad como pintor en un reportaje. Abandoné mi anonimato en el estudio al ser reconocido por la calle como “el niño pintor” de aquel programa.

Ya he dejado de ser un niño pero presiento que la pintura inundará mis venas hasta que llegue a exhalar el último suspiro. -Os doy las gracias pero no comprendo las repentinas alabanzas a mi obra.

Pintar es respirar para este muchacho. Un acto espontáneo y natural que transforma el veneno en oxígeno. El reportaje de televisión le ha reportado cierta fama y ha conseguido vender su primer cuadro por 80.000 pesetas a un completo desconocido.

Su primer sueldo. Con el dinero cobrado, será la primera ocasión en la que pueda invitar a sus hermanos a comer fuera de casa. Elige el restaurante Docamar. Serán atendidos por Miguel que se unirá espontáneamente al brindis de toda la familia por esta pequeña victoria.

-Tendré que ganarme el pan vendiendo algunas obras, pero continuaré ofreciendo la posibilidad de disfrutar con mis creaciones a todos los que estén dispuestos a contemplarlas o exponerlas. Regalaré cuadros a cambio de que sean cuidados, correctamente enmarcados y apadrinados hasta sea posible. Estos lienzos que elaboro son fruto del trabajo de un artesano, nunca de un genio. Son la herencia de mi experiencia y conocimiento. El verdadero valor de una obra es la impresión que genera en el espectador. El arte es una complicada red en la que participan todos los ciudadanos. Su valor económico nos permite, en este momento, disfrutar de esta comida deliciosa en el Docamar.

Pago orgulloso la cuenta y desde las ventanas observo mis murales en los bancos de la plaza. Regresaré pronto para perfeccionarlos. Enterrando el ego habitual de los pintores bajo los adoquines. Pintaré incansable usando la imaginación y desterrando las modas. Con libertad, por el simple placer que me produce hacerlo. Como un acto hedonista e insubordinado. La cultura popular como arma afilada en mi batalla contra los dogmas caducos y mercantiles.

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