Escribir y comer … caracoles

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Escribir y comer … caracoles

Caracol, amigo. Hace muchos, muchos años formabas parte de la alimentación de nuestros antepasados más lejanos. Quitabas el hambre a personas y animales, que devoraban con fruición tu exquisita carne. Algo más próximo a nuestros días una receta, “caracoles a la brutesca” (a lo sucio), te sitúa allá por la Edad Media.

Hoy, en virtud a la gran variedad de maneras de guisarte, en forma de recetas más elaboradas y sabrosas, consumirte ha reemplazado al mero acto de sobrevivir.

Formas parte de nuestra gastronomía, eres una pequeña joya comestible y constituyes un manjar de primer orden. No sólo formas parte de un primer o segundo plato, sino una parte integrante e importante de una vieja costumbre de nuestro país: el vermú.

Caracol, tienes un nombre muy sencillo, yo creo que hasta bonito. Pero los científicos nos dicen que eres un molusco gasterópodo. Otros, más sesudos, te ponen hasta nombres en latín: Heus aspersa, Cernuella Cespitum, Otala punctata, Theba Pisada o Limnea auriculata. Otro colega tuyo, el Syrinx Aruanus, vive en Australia y está considerado el caracol comestible más grande que existe en el mundo.
Qué complicado. Demasiado para ti que eres humilde y modesto. Hasta tal punto pasas desapercibido que cuando te atropellan en algún camino de cualquiera de los pueblos donde habitas, no exhalas ni un suspiro. Si acaso te permites una última protesta, el crujir de tu concha cuando es aplastada.

Eres pequeño, pero no tienes nada que envidiar a tus colegas franceses. No tengas complejos. Te quiero como eres, aunque seas “de viña” o “de huerto”, dos de las especies más conocidas, las que más consumimos.

Eres un superviviente. Hace unos días estabas sacando tus cuernos al sol, como dicen que tus padres lo hicieron antes. Los sacabas fuera de tu preciosa concha, tu casa, que te ha servido de refugio ante las adversidades. Eres un inocente…

Porque te engañan. Algunos más listos que tú. Sobre todo los que se ponen un delantal y trastean por las cocinas. Te han engañado, digo, para conseguir que tu exquisito cuerpo quede fuera de la concha antes de ser cocinado. Pero antes hay que purgarte, quitarte las caquitas, la baba y la mucosidad. En ese proceso hay quien te da de comer tomillo, romero y otras hierbas aromáticas… incluso harina.

Te preparamos de muchas maneras. Todas igual de exquisitas. En Francia, a tu hermano mayor “el Borgoñón”, con mantequilla y perejil, aunque también con queso y champiñón. En Andalucía “picantillo”. A la “llauna” en Lérida. Y también con tomate, al horno, con alioli, guisados o con salsa de ajos.

No pueden faltar la brasa o a la plancha con ajo y perejil, en Aragón. “Chupalanderos” o en “moros y cristianos”, en Valencia. En Levante y Cataluña, con arroz. También a la riojana. Con conejo, en Navarra. A la marinera, en Santander. En otros lugares de nuestra geografía, fritos con ancas de rana… incluso con jamón de Jabugo… No nos privamos de nada con tal de adornar tu consumo.

Aquí en Madrid, en el Docamar, no podía ser de otra manera, te preparamos “a la madrileña”, con chorizo, jamón y una salsa picantita. En este bar entrañable, pionero de la cocina más castiza, compites por el primer puesto con las clásicas y famosas patatas bravas (desde 1963) y con los callos.

Algunos cocineros dan mucha importancia a la manera en que te cocinan, llegando a afirmar que “los buenos caracoles se hacen con buenas salsas”. Y siguiendo con los refranes populares, también dicen de ti que “ caracoles sin picante, no hay quien los aguante” o “a caracoles picantes, vino abundante”.

Cocinado estás tan sabroso que, cuando te consumimos nos chupamos, no sólo los dedos, sino hasta tu concha, impregnada en salsas que nunca deben quedar en el plato.

Eres tan bueno que, en tu variedad “Manzana”, combates algunas plagas en los acuarios caseros, al devorar los desechos que se encuentran en el fondo. Ahora dicen también que tu baba es beneficiosa para la piel y la aparición de grietas en las manos…

Amigo caracol, por todo lo dicho ha sido un placer conocerte… y es un placer comerte.

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