Nuestra historia recorre tres generaciones, dos bares y una misma manera de entender la hostelería: cocina reconocible, trato cercano y muchas horas detrás de la barra.
Docamar forma parte de Quintana desde 1963. Durante todo este tiempo hemos visto crecer el barrio y hemos crecido con él. Por nuestra barra han pasado generaciones de vecinos, familias y amigos que han hecho de este bar uno de sus lugares de encuentro.
Porque un bar de barrio es mucho más que un lugar donde comer o tomar una caña. Es conversación, costumbre y memoria compartida. Está en el barrio, pero también ayuda a construirlo.
El Bar Donato
La historia comienza con Donato Cabrera Martínez, que se hizo tabernero para ganarse la vida y sacar adelante a su familia.
El Bar Donato era una taberna familiar en el sentido más auténtico. La familia vivía en el piso de arriba y el bar formaba parte de su vida cotidiana. Como el establecimiento no tenía cocina, su mujer, Teófila, preparaba en casa tortillas de patata, callos, boquerones y otras tapas, y las bajaba cada mañana para servirlas en la barra.
Eran platos sencillos, elaborados como se hacía en las casas, para acompañar un vino, una caña o una conversación. La cercanía con los clientes importaba tanto como lo que se servía.
Allí nació una manera de entender el oficio que sigue formando parte de Docamar: trabajar en familia, cuidar a quien entra por la puerta y ofrecer una cocina honesta, sin más pretensión que hacer bien las cosas.
El origen de nuestro nombre

Cuando la familia abrió el nuevo bar de Quintana, quiso conservar en su nombre la memoria de Donato:
Así nació DOCAMAR, un nombre que mantiene unido el bar de hoy con la persona y la familia con las que comenzó esta historia.

La historia llega a Quintana: el bar de la plaza
La familia crecía y el Bar Donato se había quedado pequeño. En Quintana encontraron el espacio para comenzar una nueva etapa y continuar aquella forma familiar de entender el oficio.
En 1963, Docamar abrió sus puertas en la entonces carretera de Aragón, junto a lo que acabaría convirtiéndose en la plaza de Quintana.
Jesús Cabrera, hijo de Donato, se puso al frente del nuevo establecimiento y trasladó al barrio la forma cercana de trabajar que había aprendido de su padre.
Madrid crecía y Quintana todavía estaba tomando forma. Alrededor de la antigua carretera de Aragón aparecían viviendas, colegios, pequeños comercios y familias que comenzaban allí una nueva vida.
Docamar se convirtió en uno de esos bares a los que se acudía desde primera hora: para tomar el café de la mañana, el aperitivo, una comida casera, compartir una ración o ver el fútbol alrededor de la barra. También fue escenario de bautizos, comuniones, celebraciones familiares y encuentros cotidianos que terminaron formando parte de la memoria de varias generaciones.
El barrio fue creciendo y Docamar creció con él.

Una tapa que terminó definiéndonos
Las patatas bravas empezaron siendo una tapa más para acompañar las bebidas. Con el tiempo fueron ganando protagonismo hasta convertirse en la principal seña de identidad de Docamar.
La primera base de la salsa llegó a Jesús Cabrera a través de un familiar que tenía un bar en el paseo de Extremadura. Jesús fue modificándola poco a poco: probó cantidades, ajustó ingredientes y buscó el equilibrio entre el sabor y el picante hasta encontrar la receta que quería para sus bravas.
No había ingredientes exóticos ni secretos imposibles. La diferencia estaba en combinar productos sencillos en su proporción exacta. Así fue tomando forma la salsa que acabaría identificando a la casa.
Las bravas de Docamar se hicieron conocidas de la manera más natural: gracias a quienes volvían, las recomendaban y traían a familiares y amigos para probarlas. Muchos vecinos que dejaron el barrio siguieron regresando en busca de aquel sabor que recordaban.
Así, una tapa que había comenzado como una más terminó convirtiéndose en la gran especialidad de Docamar y en el sabor por el que generaciones de clientes siguen volviendo.

Una solución sencilla que se convirtió en tradición
Durante muchos años, la salsa se sirvió en botellas reutilizadas de whisky DYC. No fue una elección estética: tenían un tamaño manejable, suficiente capacidad y un tapón metálico en el que podían hacerse pequeños agujeros para repartir bien la salsa sobre las patatas.
Era una solución práctica, propia de una época en la que se aprovechaba lo que se tenía a mano.
Aquellas botellas terminaron convirtiéndose en una imagen inseparable de las bravas de Docamar. Con los años llegaron los envases propios, pero en el restaurante seguimos conservando la clásica forma de botella de whisky para servir la salsa en la barra y en las mesas.
Una barra con lenguaje propio
Los años compartidos entre el equipo y los clientes habituales fueron creando una forma particular y cómplice de pedir las bravas.
Del Madrid
Bravas sin salsa.
Del Atleti
Con salsa solamente en una mitad.
Castigadas
Con mucha salsa.
Son expresiones nacidas detrás de la barra que forman parte del carácter de la casa y de esa confianza que solo se construye con el paso del tiempo.

El bar de siempre, preparado para seguir
Donato inició el camino. Jesús lo continuó en Quintana y convirtió las bravas en la gran especialidad de la casa. En 1993, Raúl Cabrera tomó el relevo al frente de Docamar como tercera generación de la familia.
Recibió un bar con treinta años de historia, una clientela muy vinculada a la casa y unas bravas convertidas ya en su principal seña de identidad. El reto no era empezar de nuevo, sino conseguir que Docamar siguiera avanzando sin dejar de ser reconocible.
Había que conservar la receta, el carácter de bar de barrio y la cercanía con los clientes, al tiempo que el restaurante, la cocina y la organización se adaptaban a las necesidades de cada momento.
Hoy seguimos en el número 337 de la calle de Alcalá, junto a la plaza de Quintana. Docamar continúa siendo un lugar de encuentro para vecinos, familias, trabajadores y visitantes llegados desde otros barrios y ciudades. Seguimos sirviendo nuestras bravas, nuestra salsa y esos platos reconocibles de una cocina de bar, casera y honesta.
Han cambiado las instalaciones, la organización y las formas de llegar a nuestros clientes, pero el centro sigue siendo el mismo: el bar y una manera de hacer las cosas transmitida durante tres generaciones.
Porque continuar una historia familiar no significa repetir exactamente lo que hicieron quienes estuvieron antes. Significa saber qué debe permanecer y qué necesita cambiar para que la historia pueda seguir adelante.
Después de más de sesenta años, ese continúa siendo nuestro propósito: evolucionar sin dejar de ser Docamar. Una casa abierta al barrio, un lugar donde encontrarse y un bar al que apetece volver.
Te esperamos en la plaza de Quintana, en el 337 de la calle de Alcalá.
Nuestra historia continúa en el barrio, en las iniciativas con las que colaboramos y en los reconocimientos recibidos durante estos años.