LA LEYENDA DE LA PATATA (I): Hace 8.000 años, por tierras lejanas …

LA LEYENDA DE LA PATATA (I): Hace 8.000 años, por tierras lejanas …

¿Ya han cogido sitio en la barra? ¿Preparados para disfrutar de otras cuantas historias sobre patatas mientras piden su ración? Tengan cuidado no se quemen si se las traen recién salidas de la cocina. Mientras se enfrían, les invito a viajar con ellas desde el “Nuevo Mundo” a la “Vieja Europa”, bien sea entrando por Irlanda o pasando por Portugal.

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Dedicamos este post a nuestro ex-compañero Luís Alarcón, peruano que regresó a su tierra hace ya un año. ¡Iremos pronto a visitarle!

No crean que cuando el explorador González Jiménez de Quesada encontró las primeras plantas de patata, allá por 1537, sabía lo importante que esta mata iba a ser en el devenir europeo. De hecho, su existencia no se documenta hasta 1570, tras haber llegado los primeros ejemplares en 1560 de mano de Pedro Lieza de León que se los presenta a Carlos I, quién a su vez le envía algunos al papa Julio II, por eso de quedar bien, floreciendo en los jardines de Roma muchos años antes de ser consideradas comestibles.

Los españoles le dimos tan poca importancia después de haberlas introducido en Europa que hasta los ávidos ingleses, de mano de Sir Walter Raleigh, hombre avispado cuanto menos, se dieron el gustazo de bautizarlas con el vocablo caribeño “potato” y presentarlas así al resto del mundo.

Aún así, los clérigos que las cultivaban en macetas y los reyes que decoraban con ellas sus jardines botánicos, no empezaron a extender su cultivo como alimento hasta bien entrado el siglo XVII, en parte, gracias a que otro espabiladillo como Federico II El Grande decidió que, aunque estaba muy ocupado jugando a las batallas con su ejército prusiano, no estaría de más destinar algún batallón a cuidar sus patatales en Berlín para que sus soldados crecieran sanos y fuertes, y de paso, que el pueblo comiera algo y se quejara menos.

Pero la aparición estelar de la patata en sociedad y su completa aceptación como exquisito manjar, no podía llegar sino de manos de un francés. Exactamente el 25 de Agosto de 1785, durante el cumpleaños de Luis XVI. Visualícenlo mientras degustan esas patatas que ya se habrán templado: el esplendoroso Versalles de punta en blanco, toda la realeza allí reunida dándose palmaditas en la espalda, con sus níveas pelucas y sus rostros empolvados, rodeados de seda y encajes, disfrutando de un magnífico banquete.

Allí se encontró Monsieur Parmentier, reconocido cocinero (del que ya les contaré más historias en otra ocasión), con la intención de regalarle al Rey Sol un ramito de flores de la patata, intención ejecutada con las siguientes palabras: “Señor, quiero ofreceros un ramo digno de Su Majestad: la flor de una planta que puede solucionar la alimentación de los franceses”. El rey, que ya conocía la planta le respondió: “Monsieur Parmentier, hombres como vos no pueden recompensarse con dinero. Pero hay una moneda quizá digna de ellos. Dadme la mano y acompañadme a besar a la reina”. La reina se puso el ramito en su generoso escote, y Parmentier, imagínense mirando hacia qué lugar, respondió de aquella manera: “Señor, a partir de ahora el hambre es imposible”.

Pero Parmentier, aunque escribió su “Tratado de la Patata” y se lo presentó al rey en un banquete realizado con patatas cocinadas de cien mil maneras, se equivocaba. Y tal vez si Luis XVI hubiera sido más generoso con las monedas que con su estómago y el escote de María Antonieta, no habrían perdido, años después, ambos sus regias cabezas.

No se atraganten, mastiquen bien la sabrosa carne de la patata, y recuerden al pedir la siguiente ración, que la patata con sus bellas flores es el primer antepasado, también, de la Revolución Industrial. Se lo cuento la próxima semana. Que aproveche.

Por Patxi Melgarejo
Coged los tenedores y pinchad una patata. Lleváosla a la boca y saboreadla. Tal vez podáis sentir los más de 8.000 años de antigüedad como alimento que se deshacen en su almidón. Tal vez os venga algún aroma de las montañas andinas, dónde el cóndor aún sobrevuela majestuoso guardando sus secretos. Y puede que, si escucháis con atención, podáis oír la leyenda que se agita en el batir de su impresionante vuelo.

Cuenta la historia que las patatas fueron un regalo de los dioses a los pueblos de las sierras altas, que morían de hambre, oprimidos y llevados a la miseria por los hombres cultivadores de la Quinua, que querían dejarlos morir de hambre para quedarse con sus tierras. El cielo escuchó sus súplicas y dejó caer unas semillas redondas y carnosas que cubrieron de morado, al convertirse en hermosas matas, las tierras altas de la inaccesible cordillera. Cuando las plantas estuvieron crecidas y espléndidas, justo cuando ya empezaban a amarillear cubriendo de dorados la sierra, el pueblo opresor segó las matas y se las robó, dejándolos otra vez condenados a una muerte segura.

Los pueblos de las sierras altas volvieron a alzar sus plegarias al cielo y la voz de la montaña les respondió de nuevo: “Removed las tierras y sacad los frutos, que allí los he escondido para burlar a los hombres malos y enaltecer a los buenos”. Así el pueblo de las sierras altas sobrevivió guardando el secreto de los bulbos encontrados, añadiéndolos a su dieta, de tal manera que recobraron sus fuerzas y lograron expulsar a los invasores, que jamás volvieron a perturbar la paz de aquellas montañas.

“Hasta que llegó el hombre blanco”, seguro que piensa el cóndor desde arriba mientras os coméis otra patata. ¿Estáis masticando todavía? ¿Seguís en Perú, Chile, Bolivia, o tal vez Ecuador… o ya estáis de nuevo en Madrid? ¿Acaso os preguntáis cómo habéis llegado hasta aquí? Tal vez algún descendiente de aquellos hombres de las tierras altas os esté ofreciendo ahora su más preciado tesoro. Agradecédselo, hace más de doscientos años que también a nosotros, al otro lado del charco, nos salvó la vida.

Pero esa es otra historia que os contaré la próxima semana. No os la perdáis.

Por Patxi Melgarejo

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