LA LEYENDA DE LA PATATA (II): El escote de la reina

LA LEYENDA DE LA PATATA (II): El escote de la reina

¿Ya han cogido sitio en la barra? ¿Preparados para disfrutar de otras cuantas historias sobre patatas mientras piden su ración? Tengan cuidado no se quemen si se las traen recién salidas de la cocina. Mientras se enfrían, les invito a viajar con ellas desde el “Nuevo Mundo” a la “Vieja Europa”, bien sea entrando por Irlanda o pasando por Portugal.

Maria-Antonieta

Tyrone Power a punto de besar a Norma Shearer en la película María Antonieta (1932)

No crean que cuando el explorador González Jiménez de Quesada encontró las primeras plantas de patata, allá por 1537, sabía lo importante que esta mata iba a ser en el devenir europeo. De hecho, su existencia no se documenta hasta 1570, tras haber llegado los primeros ejemplares en 1560 de mano de Pedro Lieza de León que se los presenta a Carlos I, quién a su vez le envía algunos al papa Julio II, por eso de quedar bien, floreciendo en los jardines de Roma muchos años antes de ser consideradas comestibles.

Los españoles le dimos tan poca importancia después de haberlas introducido en Europa que hasta los ávidos ingleses, de mano de Sir Walter Raleigh, hombre avispado cuanto menos, se dieron el gustazo de bautizarlas con el vocablo caribeño “potato” y presentarlas así al resto del mundo.

Aún así, los clérigos que las cultivaban en macetas y los reyes que decoraban con ellas sus jardines botánicos, no empezaron a extender su cultivo como alimento hasta bien entrado el siglo XVII, en parte, gracias a que otro espabiladillo como Federico II El Grande decidió que, aunque estaba muy ocupado jugando a las batallas con su ejército prusiano, no estaría de más destinar algún batallón a cuidar sus patatales en Berlín para que sus soldados crecieran sanos y fuertes, y de paso, que el pueblo comiera algo y se quejara menos.

Pero la aparición estelar de la patata en sociedad y su completa aceptación como exquisito manjar, no podía llegar sino de manos de un francés. Exactamente el 25 de Agosto de 1785, durante el cumpleaños de Luis XVI. Visualícenlo mientras degustan esas patatas que ya se habrán templado: el esplendoroso Versalles de punta en blanco, toda la realeza allí reunida dándose palmaditas en la espalda, con sus níveas pelucas y sus rostros empolvados, rodeados de seda y encajes, disfrutando de un magnífico banquete.

Allí se encontró Monsieur Parmentier, reconocido cocinero (del que ya les contaré más historias en otra ocasión), con la intención de regalarle al Rey Sol un ramito de flores de la patata, intención ejecutada con las siguientes palabras: “Señor, quiero ofreceros un ramo digno de Su Majestad: la flor de una planta que puede solucionar la alimentación de los franceses”. El rey, que ya conocía la planta le respondió: “Monsieur Parmentier, hombres como vos no pueden recompensarse con dinero. Pero hay una moneda quizá digna de ellos. Dadme la mano y acompañadme a besar a la reina”. La reina se puso el ramito en su generoso escote, y Parmentier, imagínense mirando hacia qué lugar, respondió de aquella manera: “Señor, a partir de ahora el hambre es imposible”.

Pero Parmentier, aunque escribió su “Tratado de la Patata” y se lo presentó al rey en un banquete realizado con patatas cocinadas de cien mil maneras, se equivocaba. Y tal vez si Luis XVI hubiera sido más generoso con las monedas que con su estómago y el escote de María Antonieta, no habrían perdido, años después, ambos sus regias cabezas.

No se atraganten, mastiquen bien la sabrosa carne de la patata, y recuerden al pedir la siguiente ración, que la patata con sus bellas flores es el primer antepasado, también, de la Revolución Industrial. Se lo cuento la próxima semana. Que aproveche.

Por Patxi Melgarejo

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