Miguel, casi 40 años atendiendo el salón

Miguel, casi 40 años atendiendo el salón

miguel-docamar

Se llama Miguel y es una persona muy valorada en la casa, de los que sienten verdadera vocación por atender bien al cliente.

Los parroquianos más antiguos aún siguen refiriéndose a él como “el chico rubio de arriba”. El título le viene porque durante mucho tiempo fue el más joven de los compañeros (incluso llegó a trabajar a los dieciséis, un par de meses antes de que pudiera hacerlo legalmente) y porque lleva tantos años atendiendo las mesas del salón de arriba que todos le identificamos ahí.

“Antes de poner el montaplatos, llevar el salón era muy duro. Había que subir las escaleras con las bandejas llenas, y a veces con una en cada mano”. Como el salón lo tenemos en la planta superior, antaño los camareros tenían que tomar el pedido de la mesa de cabeza, bajar veinte escalones, soltarlo de carrerilla en la barra, esperar a que los compañeros cargaran la bandeja y subir corriendo los mismos veinte escalones haciendo verdaderos ejercicios de equilibrio con la bandeja por encima de la cabeza para no manchar a nadie aunque era inevitable la visita al tinte de vez en cuando.

Era muy típico el “¡paso que mancho oiga!” que gritaba el camarero al pasar, y especialmente simpático ese momento en que soltaba en la barra su pedido de seguido y a pleno pulmón. “Los clientes alucinaban a veces con la lista de bebidas y raciones que se cantaban de memoria”, recuerda su hermano Eugenio.

El sistema requería destreza con la bandeja y un buen par de piernas para subir y bajar escaleras, pero la habilidad más valorada era la memoria, porque los camareros jamás se ayudaban de un papel para apuntar los pedidos: “era una pérdida de tiempo y los clientes no podían esperar”. Por eso mismo normalmente no se retiraban los platos y vasos vacíos de la mesa hasta el momento de pagar; era la manera en que el camarero, de un rápido vistazo, podía contar las consumiciones que se habían tomado y hacer las cuentas con más o menos acierto. El método funcionaba bastante bien pero siempre había gente espabilada que se sabía el truco y escondía vasos y platos para pagar menos.

Ahora ya tenemos ordenador y dos montaplatos para comunicarnos y enviar los pedidos evitando las escaleras; y te puedes imaginar que, para la mente y las piernas de Miguel, su llegada a Docamar supuso un hito comparable al milagro de los panes y los peces o la invención del aire acondicionado.

Por Raúl Cabrera, gerente de Docamar

Tags:
Sin comentarios

Lo sentimos, nos se pueden hacer comentarios por el momento