Quedamos en el Docamar (años 70)

Quedamos en el Docamar (años 70)

Media tarde de un día de cualquier mes de finales de los años 70. El movimiento ciudadano está en plena efervescencia. Un grupo de vecinos está planificando acciones contra la carestía de la vida y por un aumento de las zonas verdes en nuestro barrio.

Se encuentran en el local de la Asociación de Vecinos de Quintana, en la calle Elfo. Se acuerda un reparto de panfletos en las estaciones de Metro de la calle Alcalá y una pegada de carteles, hechos a mano, por todo el barrio. Estamos deseando empezar. Son tiempos de solidaridad y reivindicaciones. Nos vamos a ver después de las acciones, pero vamos a estar desperdigados por el barrio. Además, habrá que “picar” algo.

¿Volvemos a la Asociación o quedamos en un punto intermedio que nos venga bien a todos? A uno se le ocurre: ¡quedamos en el Doca!. Se refiere al bar Docamar, más conocido entre los vecinos como “el de las bravas”.

Son las diez de la noche. Estamos todos. Contamos las incidencias de las acciones. Todo ha salido bien, sin problema. Estamos agotados, pero eufóricos. Nos merecemos un pequeño relajo. Siempre pedimos patatas bravas. Nos apasionan… y son más baratitas que las otras raciones.

Pedimos varias raciones de bravas… ¡una que esté muy castigada!, dice una compañera a quien le encanta mojar pan en la salsa. Lo de “castigada” se refería no a que se le echase más picante, sino más cantidad de salsa. A todos nos gusta “el pringue”.

Uno de los “viejos” (tiene 30 años) está algo mal del estómago y se pide una de alioli. “Así tocamos a más” pensamos, que no decimos, el resto. Cuando salimos, rumbo a nuestras casas, satisfechos y “ya cenados”, nos vamos con el convencimiento de que hemos contribuido a que “cambien cosas”, en nuestro barrio y en el país.

Al día siguiente hay que madrugar para ir a trabajar. Trabajamos en los oficios más diversos: conserjería, peluquería, fontanería, moda, enfermería, una bancaria… hasta tenemos un imprentero que nos hace los carteles y los panfletos.

¡Quedamos en el Doca!. Es curioso. Han pasado más de treinta años de aquello y todavía nos seguimos viendo en el mismo sitio y, curiosamente, utilizando la misma frase. Pero no sólo nosotros, la emplean los vecinos asiduamente.

Nos vemos después de haber llevado a cabo actividades políticas y culturales, para celebrar un cumpleaños y ¿porqué no decirlo?, cualquier excusa que nos lleve delante de unas bravas, unos caracoles o unos callos. Una frase sencilla que encierra un mundo de sensaciones y afectos que se han mantenido a pesar de los años.

Una curiosidad: en la actualidad ya no es necesario pedir más “castigo”. La botella de salsa está muy cerca y se puede usar a discreción. Otra más: muchos seguimos dándole al “pringue”. Claro que con una salsa así ¡qué se le va a hacer!.

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