Una lección de fortaleza

Una lección de fortaleza

Patxi (bloguera y pintora de las pizarras que tenemos tras la barra) le escribe a Rosa (que aparte de ser su madre es también la jefa de cocina) con motivo de su próxima jubilación.

Le dice el pincel al cazo …

Que a un@ le pidan que haga un texto homenaje a su propia madre es algo harto difícil. Un@ tiene que omitir las diferencias y desencuentros materno filiales, que siempre hay, y rescatar aquellos recuerdos imborrables por los que es capaz de reconocerse como parte indisoluble de su existencia.

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De pie, empezando por la izquierda: Marisol, Rosa, Oliverio, Natalia y Noelia. Y agachados: Angélica y Nelson

Mi madre me enseñó a cocinar. Y, aunque ella no lo sepa, también me enseñó a pintar.

El olor a leche con galletas es uno de los mejores olores del mundo. Recuerdo los vasos de leche con galletas, nada de repostería fina, en la infancia. “¿Cuántas te vas a poner? ¿Cuatro?”… “No, cinco”… “Eso es mucho”…”Una más, por favooor… “¡Qué no!”… “¡Qué sí!, por favor, por favor, por favooor”…”¡Qué he dicho que no! Que si no se te va a hacer una plasta.” Cada mañana, la discusión en torno al número de galletas adecuado era parte indisoluble del desayuno. Así, aprendí la importancia de añadir la cantidad justa de cada ingrediente, en una mezcla, para conseguir los mejores resultados. En la cocina, en la pintura, y en la vida.

Recuerdo las muchas horas que pasé a su lado, sentada sobre la encimera con los pies colgando, mientras cocinaba; simplemente mirando cómo se movía entre ollas y fogones, ensimismada en el movimiento de sus manos al remover cualquier guiso y aspirando los aromas que ascendían hasta el techo rodeándola con un aura misteriosa. Ella me enseñó que no sabe igual de bien algo cocinado a fuego lento, sin importar cuánto se tarde, que algo preparado deprisa y corriendo; que la paciencia es una virtud tan indispensable para un cocinero como para un artista, y que el tiempo es el ingrediente más importante de cualquier menú, y de cualquier cuadro.

Me preguntaba a mí misma en que estaría pensando mientras cocinaba. Y debía ser algo muy importante, porque cuando la interrumpía en su organizado proceder, acosándola a preguntas sobre el por qué de añadir primero la harina y luego la leche en una bechamel, o el por qué de que utilizar una clase de tomates u otra en un gazpacho, o cuando metía los dedos en el puré o pescaba al descuido alguna croqueta recién hecha, se ponía hecha una fiera: “¡No metas el dedo ahí, que es una guarrería!”… “¡Es que no puedes esperar a que estemos todos sentados en la mesa!”…

Así aprendí que, en la cocina y en la pintura, el orden de los factores sí altera el producto. Y que para obtener los mejores resultados es necesario conocer las propiedades de cada ingrediente y elegir siempre los de mejor calidad. Y además, que para sobresalir, tanto el cocinero como el artista, deben mantener la concentración, ser disciplinados y elaborar su propio método, evitar injerencias, y esperar al momento, al lugar y al público adecuado para dar a conocer su obra.

Recuerdo un trabajo infantil que consistía en decir quién era la persona que más admirabas y por qué razones. Mi respuesta fue: “Mi madre. Porque me ha enseñado a tener fortaleza”. Porque si hay algo importante que aprender de la vida, seas cocinero o artista, es que no es la vida lo que importa sino el valor que ponemos en ella: que las cosas que nos suceden, buenas o malas, no importan; que lo que importa es la fortaleza con la que nos enfrentamos a ellas.

Para mí, mi madre, más que mujer, más que cocinera, más que artista, siempre será una fortaleza que huele a leche con galletas.

Muchas gracias. Estaba todo muy rico. No me he dejado nada en el plato. Ahora, te mereces un descanso.

Patxi, pintora y bloguera

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